Venice Biennale strike

El aislamiento cultural del Israel genocida se agrava a medida que intensifica sus amenazas y maniobras de manipulación

Desde Eurovisión hasta la Bienal de Venecia, pasando por Hollywood, artistas y personas trabajadoras culturales rechazan cada vez más cualquier vínculo de complicidad con el Estado genocida de Israel, que recurre a la injerencia, la intimidación y el soborno mientras continúa su genocidio contra el pueblo palestino en Gaza.

Incluso antes del genocidio que está llevando a cabo contra 2,3 millones de personas palestinas en Gaza, Israel gastó cientos de millones de dólares en combatir al movimiento BDS —un movimiento popular de base a escala mundial— calificándolo de “amenaza estratégica” y, más tarde, de “amenaza existencial” para su régimen de opresión contra el pueblo palestino, que se remonta décadas atrás. Ahora, en su intento por encubrir su violencia genocida, limpieza étnica y agresión regional más amplia, Israel ha destinado desesperadamente cientos de millones de dólares al año a propaganda. Al mismo tiempo, ha interferido ilegalmente en elecciones, incluso en Europa, a través de una intensificación del uso del soborno, la intimidación y la manipulación para asegurar su influencia en el exterior.

Solo en las últimas semanas, Politico reveló que Black Cube —una empresa israelí de inteligencia privada fundada por antiguos altos cargos y ex-espías de los servicios de inteligencia israelíes— ha vuelto a dedicarse a la “vigilancia encubierta y las escuchas telefónicas”, esta vez en Eslovenia, para apoyar a un candidato de extrema derecha frente al primer ministro en funciones, quien tiene una tendencia de izquierda. Otra empresa israelí, BlackCore, se encuentra en el centro de una investigación por injerencia en las elecciones municipales francesas.

Israel ha ocupado el último puesto en el Índice de Marcas de Países durante los dos últimos años consecutivos. Aunque la influencia de Israel sobre la mayoría de los gobiernos occidentales sigue siendo evidente, su total impunidad al cometer el primer genocidio retransmitido en directo del mundo contra el pueblo palestino en Gaza, su creciente limpieza étnica en la Cisjordania palestina ocupada y sus agresiones coloniales y expansionistas contra los pueblos del Líbano e Irán, entre otros, están erosionando su prestigio como nunca antes entre los pueblos del mundo, incluidos los de Estados Unidos y Europa.

Por ello, la audiencia del mayor evento musical en directo del mundo, el Concurso de la Canción de Eurovisión, se quedó atónita al ver que Israel quedaba en segundo lugar en la final del pasado sábado, perdiendo por un estrecho margen frente a Bulgaria. Sin embargo, esto no fue ninguna sorpresa para las personas más observadoras y para quienes defienden los derechos humanos. Incluso el New York Times, cuya información descaradamente sesgada ha contribuido a facilitar el genocidio de Israel y décadas de opresión contra el pueblo palestino, ha descubierto que “los esfuerzos de Israel por influir en la votación de Eurovisión fueron más amplios y comenzaron años antes de lo que se sabía hasta ahora”. Dadas las políticas habituales de intimidación, soborno y amenazas de Israel, es probable que haya interferido en la votación de Eurovisión mucho más allá del dinero invertido por el gobierno fascista de Netanyahu, del que ya se ha informado. 

El año pasado el presidente israelí Isaac Herzog —mencionado en la demanda presentada por Sudáfrica ante la Corte Internacional de Justicia por incitación al genocidio— puso en marcha “una intensa campaña diplomática de varios meses de duración que se desarrolló en gran medida entre bastidores”, presionando a las cadenas de televisión europeas para que apoyaran la inclusión de Israel en el concurso. Cuando los entes organizadores de Eurovisión no excluyeron a Israel, tal y como se había hecho con Rusia al día siguiente de iniciar su invasión de Ucrania, cadenas de cinco países boicotearon el concurso: España, Países Bajos, Irlanda, Eslovenia e Islandia. Una sexta, la cadena flamenca belga VRT (que se alterna con la cadena francesa de Bélgica), declaró el sábado: “Hay pocas posibilidades de que la VRT envíe a una persona artista el año que viene”.

El director de Eurovisión, Martin Green, sugirió recientemente que se podría readmitir a Rusia en el concurso. En respuesta, el presidente de la cadena española RTVE afirmó que esto se haría simplemente “para justificar su doble rasero con Israel”. Como dijo el presidente del consejo de administración de la cadena pública islandesa, “el gobierno israelí se ha apropiado de Eurovisión”. Mientras tanto, el concurso, cuyo principal socio comercial es la empresa israelí Moroccanoil —cómplice y culpable de apropiación cultural—, perdió este año millones de espectadores debido a la participación de Israel: casi tres millones menos solo en Francia y el Reino Unido, sin mencionar siquiera las pérdidas acumuladas de los países que lo boicotearon y otros.

El recinto de Eurovisión se llenó de abucheos, burlas y silbidos cuando el Israel del apartheid se situó temporalmente en cabeza durante el recuento de votos, tal y como señalaron numerosas personas comentaristas y aficionadas. Esta situación absurda —en la que un Estado profundamente impopular, criminal y genocida puede limpiar su reputación manipulando la votación y, supuestamente, quedar en una posición destacada ante un público que rechaza claramente su mera participación— ha sido posible gracias a todas las cadenas de televisión, artistas y demás participantes que no boicotearon este concurso cómplice y amañado. Si las personas seguidoras de Eurovisión quieren evitar que el concurso se convierta en otro territorio ocupado por Israel, no les queda más remedio que boicotear hasta que los entes organizadores prohíban finalmente la participación del Israel del apartheid. Como dijo Pedro Sánchez, presidente del gobierno del Estado español, sobre el boicot de RTVE antes del concurso: “Ante la guerra ilegal y el genocidio, el silencio no es una opción”.

Una semana antes de Eurovisión, en la mayor exposición de arte del mundo, la Bienal de Venecia, 29 de los pabellones nacionales participantes cerraron total o parcialmente durante una huelga convocada en solidaridad con Palestina y los derechos de las personas trabajadoras. Esta huelga, la mayor en la historia de la Bienal, se produjo tras un llamado realizado por 239 participantes que exigían la exclusión del Israel genocida. Además, varios miles de manifestantes bloquearon efectivamente la entrada de una de las sedes principales.

Cuando los entes organizadores de la Bienal de Venecia no prohibieron la participación de Israel, el jurado declaró que no tendría en cuenta a representantes de ningún Estado cuyos líderes tuvieran órdenes de detención emitidas por la Corte Penal Internacional, lo que significaba que Israel no sería considerado. Tras la típica intimidación legal por parte del artista que representaba a Israel, el jurado dimitió y la Bienal anunció un nuevo premio de “visitantes” que estaría abierto al genocida Israel. En respuesta, más de 70 artistas y 22 pabellones nacionales se retiraron de la competición por los premios.

En Hollywood la legendaria influencia de Israel también está empezando a debilitarse, lo que hace que sus fanáticos racistas y antipalestina recurran una vez más a la intimidación, las amenazas y la difamación. Más de 5.500 personas trabajadoras del cine —entre las que se encuentran cientos de estrellas de Hollywood y muchas celebridades judías con principios— se han comprometido a negarse a trabajar con productoras e instituciones cinematográficas israelíes cómplices de encubrir o justificar el genocidio en curso de Israel contra el pueblo palestino en Gaza y el régimen subyacente de apartheid y colonialismo de asentamientos.

Javier Bardem, ganador del Óscar y uno de los artistas más destacados que ha hecho este compromiso, aludió recientemente a las medidas desesperadas de los partidarios de Israel en Hollywood diciendo: “Creo que quienes están elaborando las llamadas listas de vetos acabarán siendo desenmascarados, y serán ellos quienes sufran las llamadas consecuencias, al menos a nivel público y social. Y esto supone un cambio importante”. Aunque las tácticas mccarthistas de los defensores del apartheid israelí son ampliamente conocidas en Hollywood y más allá, la resistencia a ellas, que crece rápidamente, es inconfundible y aparentemente imparable. El aislamiento del Israel genocida en sus antiguos bastiones culturales occidentales nunca ha sido tan evidente.

En su intervención en el Festival de Cine de Cannes, Bardem añadió: “Tengo la suerte de poder trabajar [...] Imagino que hay gente que tiene más miedo de que no les llamen por [expresarse abiertamente], pero ese no es mi caso. De hecho, es al contrario, me llaman aún más porque la narrativa está cambiando [...] En cambio, ahora entendemos que hay consecuencias cuando se apoya o se justifica un genocidio como el que está ocurriendo. Y la sociedad lo sabe”.